Hola, hola, hola, mis queridos drugos. Un día maravilloso, ¿verdad?
Vaya, vaya, vaya... ¿Pero no es el noveno ejemplar de Ojo de Pez lo que tengo ante mis vidrios? Todos, chavalkos y devotchkas, somos conscientes de que los novenos son siempre los mejores, tal como lo es la gloriosa Novena Sinfonía del divino, divino Ludwig Van. Y este número será de fenómenos.
¿Y de qué trata esta vez, hermanitos? Nada menos que del cineoma. Todos disfrutamos imbécilmente al videar sesiones de películas que, en el caso mejor, rebosan tremendas escenas de ultraviolencia o de chavalkos practicando un mete-y-saca salvaje a una devotchka. Y es que, amigos míos, los colores del mundo real sólo parecen verdaderos sumergidos en la acogedora atmósfera del cineoma; sobre todo el de la cruiba roja, muy roja. El cineoma nos ha hecho disfrutar de fenómenos tras que los besuños Lumiére confeccionaran La Sorttie de l'Usine Lumiére, o que George Méliès tolchoqueara la Luna sobre el mágico, mágico instrumento del cinematógrafo. Mas, ¿no es que la magia del cine sólo en una pantalla puede videarse? Así, queridos hermanos, sobre la misma pantalla, en esencia, que usaron nuestros Auguste y Louis, estáis videando este intersobante número. Ni trampa ni cartón. Nada de magia, mis queridos drugos.
Pero, todo aquello, lejos de cinematógrafos, es plasmado en un bueno-buenísimo ejemplar directo de la quijotera y pluma de nuestros ominosos ilustradores. Degustad un vaso de la acogedora Láctaca Plus enriquecida con Moloka Vellocet mientras videáis este ejemplar, con el que los chulquios menos atristos se chasquetrearán de placer, riendo y goborotando. Parad este número en los yarmoles, si es que tenéis yarmoles, hermanitos.
Fdo: Un joven cuyas aficiones son la ultraviolencia, la violación y Beethoven.