Situemos la acción a los pies de una cama en la que vuestro hijo se dispone a dormir. Él os ruega que le contéis un cuento pero que no sea de los de siempre, es decir, que sea de los últimos 50 años. La reacción de la mayoría de los padres sería encenderles la tele, darles el mando de Play Station o simplemente pasar del tema.
¿Qué sacamos de esta situación? Sencillo, a día de hoy no se crean cuentos, y si se hacen no se hacen tan populares y a lo largo de este editorial no estaría de más buscar el por qué. Pongámonos manos a la obra.
Los cuentos clásicos quedan muy, muy obsoletos para la época que nos toca vivir. Los niños no pueden saber qué es eso de un príncipe, una bruja o un bosque cuando lo qué relacionan en vez de estos conceptos es una nenaza que se casa con una presentadora de telediarios, una folclórica que se quiere vengar de su chofer o el pequeño terreno ajardinado que están a punto de quitar de su pueblo o ciudad. Para muchos la solución pasa por reinventar o actualizar los personajes, pero entonces el cuento se puede sacar de contexto y perder su atractivo original.
Intentando enmendar esta falta de cotidianidad de los cuentos clásicos se puede caer en errores injustamente condenados en la actualidad. Estoy hablando de lo políticamente incorrecto. Señoras y señores, si los hermanos Grimm levantaran la cabeza se pegarían con la tapa del ataúd y luego se cagarían en esta sociedad de hipócritas. Los cuentos necesitan de la crueldad y de la fantasía para darle la emoción necesaria al relato, y si hay que amputar, traicionar o vejar a un personaje se hace porque al fin y al cabo es un personaje y no una persona.
Estamos llegando a un punto horrible en este sentido, y estamos descafeinando los cuentos generación a generación. Es un ejercicio maravilloso retomar los cuentos originales y releerlos para darse cuenta de que no tienen nada que ver con la imagen que se les ha dado en el imaginario popular. Y es en este punto en el que tengo que hablar de una de las mayores aberraciones: Disney.
Para muchos Disney es el Alfa y el Omega y una factoría de imaginación y valores. UN MOJÓN. Disney se ha cargado cuentos, mitos, folclore y costumbres de todas las culturas que existen sobre este planeta para usarlas como herramientas y drenarles los sesos a niños y a no-tan-niños intentando inculcarles una filosofía vital y una ideología eminentemente identificada con el sueño americano (que es un concepto obsoleto y anacrónico).
¿Cuál es el resultado de la maniobra de mercadotecnia de Disney y la falta de interés por parte de los padres de retomar los cuentos originales? Pues que los cuentos se han deformado y la versión que prima es la que ha hecho presión sobre la generación del cuentacuentos en sí. Muy pocos de los lectores y autores de OjoDePez podrían hacer memoria y recordar un cuento que no hubiera versionado Disney.
A todos ellos y a todos vosotros os pido un momento de reflexión para que nos demos cuenta de lo que estamos consiguiendo al seguir este camino de vagancia. Los niños tienen constante contacto con la violencia, y que los padres ignores esta situación es negligente para la educación del niño. Omitiendo la violencia de la familiaridad de un cuento lo que hacen es alimentar el placer por la búsqueda en otros aspectos, y así creando fanatismos y auténticos monstruos.
Algunos se preguntarán dónde están esas personas que creaban los cuentos en el pasado. Bien, es bien sencillo. Se llaman escritores y crean cuentos que traducen en una serie de símbolos que se imprimen en una especie de cuaderno que se venden en sitios que se llaman librerías. Exótico, ¿no?. Este sarcasmo está más que justificado, porque la mayoría de las personas que necesitan de consumir cuentos para su transmisión no consideran los libros como herramientas para este fin, y terminan tirando de la colección de clásicos de Disney. Craso error, aunque la culpa no es tan sólo de los cuentacuentos, sino también de los autores.
Me explico. Érase una vez un niño con flequillo y gafas redonditas que descubrió que era un mago. ¿Les suena? A la autora también, le suena a dinero en su cuenta corriente, y lo que podía haber sido un cuento se convierte (gracias a la aceptación infantil) en una inabarcable saga de tomos y tomos (y ceros y ceros a la derecha de la cuenta corriente de la autora). Esta historia no puede ser llevada al lado de una almohada en boca de unos padres porque necesitarían todas las noches durante seis meses para que llegara a algún sitio.
Los autores son humanos y les gusta la pasta gansa, pero la accesibilidad de los padres menos interesados a los cuentos debería ser mucho más sencilla, porque si no cerraremos el círculo vicioso de la tontuna sobre los niños, y terminaremos contando los deformados cuentos de siempre.
Personalmente, si algún día mi hijo me mirara con ojos somnolientos entre las sábanas de su cama y me implorara que le contase un cuento, no dudaría un instante en abrir un libro o tirar de mi propia imaginación.
Disfruten de nuestras propias interpretaciones en este especial y cúrrenselo cuando les toque a ustedes.
Fdo: Como me salga un hijo "cani" lo mato.